apartamento en Zapopan, donde la nevera estaba completamente cubierta de dibujos infantiles, y donde los martes comían juntas tacos de frijoles y queso.
Ximena tenía siete años.
Tenía los ojos oscuros de su padre y una curiosidad por el mundo que habría bastado tranquilamente para varios adultos.
Leía libros sobre animales marinos, corregía a la gente cuando pronunciaban mal las palabras, y siempre elegía en el mercado las frutas más extrañas, porque consideraba que eran precisamente ellas las que más difícil lo tenían para crecer.
— Las cosas imperfectas suelen adquirir