día se había marchado con una maleta y demasiadas ganas de demostrar que podía sobrevivir sola.
Él llevaba 11 años casado con mi madre.
Y durante esos 11 años había convertido su puesto como director de Seguridad Pública Municipal en una especie de corona.
En el mercado le abrían paso.
En los restaurantes le regalaban café.
Sus subordinados lo llamaban comandante incluso cuando estaba fuera de servicio.
Dentro de aquella casa, en cambio, nadie necesitaba llamarlo nada.
Bastaba con escuchar sus llaves en la puerta para que mi madre bajara