hombro.
Cuando levanté la cabeza, el cañón de su pistola estaba frente a mi rostro.
-¿Quién demonios te crees que eres? -gritó.
Diego ya no sonreía.
Mi madre se cubrió
la boca.
Sentí sabor a sangre porque me había mordido el interior de la mejilla al caer.
Miré a Rafael desde el suelo.
-Ellos ya te lo dijeron.
El teléfono seguía conectado.
Entonces se escuchó otra voz.
-General Navarro, permanezca donde está. El equipo de seguridad ya recibió su ubicación.
Rafael miró el aparato.
Por primera vez pareció comprender que