Mi padrastro, el director de Seguridad Pública Municipal, me esposó en la cocina de mi madre porque creyó que había inventado una llamada militar clasificada. Mi hermanastro grababa cada segundo mientras se burlaba: —¿Todavía finges que eres militar? Entonces una voz salió del teléfono: —General Navarro, ¿hay algún problema? En lugar de detenerse, mi padrastro me tiró al suelo, me apuntó con su pistola y gritó: —¿Quién demonios te crees que eres? Nunca entendió que la llamada seguía conectada. Ni quién había escuchado absolutamente todo.

hombro.

Cuando levanté la cabeza, el cañón de su pistola estaba frente a mi rostro.

-¿Quién demonios te crees que eres? -gritó.

Diego ya no sonreía.

Mi madre se cubrió

la boca.

Sentí sabor a sangre porque me había mordido el interior de la mejilla al caer.

Miré a Rafael desde el suelo.

-Ellos ya te lo dijeron.

El teléfono seguía conectado.

Entonces se escuchó otra voz.

-General Navarro, permanezca donde está. El equipo de seguridad ya recibió su ubicación.

Rafael miró el aparato.

Por primera vez pareció comprender que