en responder.
—Cuando iba subiendo pensé que de verdad existía esa bolsa.
Valeria sintió vergüenza.
—Nunca existió.
Abril soltó aire por la nariz, casi una risa, pero terminó haciendo una mueca de dolor.
—Claro que no.
No se perdonaron esa tarde.
No se abrazaron.
No fingieron que una confesión podía borrar años de desprecio ni una caída provocada por una decisión terrible.
Pero Abril aceptó contar todo lo que recordaba sobre la muerte de su padre y sobre los documentos que