dijo que me arrepentiría de mi decisión porque, a mi edad, nadie volvería a amarme jamás.
Lo escuché hasta que terminó.
Entonces le dije con calma:
“Tal vez nadie vuelva a amarme como yo deseo ser amada. Pero me respeto demasiado como para permitir que alguien me utilice.”
Se fue.
Y yo me quedé en mi casa.
La misma casa grande, hermosa y, a veces, dolorosamente silenciosa.
Aquella noche me senté durante mucho tiempo frente al espejo.
Me miré a los ojos.
Había dolor.
Había vergüenza.
Había decepción.
Pero también