oficial.
No los contratos.
No las noticias sobre Santiago.
Su cuaderno.
Aquel que había comenzado todo.
Cuando regresé a casa esa noche, encontré mi viejo abrigo gris en el clóset.
El mismo que había usado frente a la jueza.
Lo sostuve durante unos segundos.
Durante años había cubierto mis cicatrices porque Santiago me convenció de que eran prueba de mi
vergüenza.
Ahora entendía que eran prueba de otra cosa.
Yo había sobrevivido al hombre que necesitaba convencerme de que no valía nada para poder vivir de todo lo que yo