de amor.
Fue miedo.
Miedo a molestar.
Miedo a necesitar.
Miedo a
Decir la verdad demasiado tarde.
Cuando regresó a Monterrey, seguimos hablando. Sin promesas absurdas.
Sin intentar borrar el pasado.
Meses después regresó a Mérida.
Mariana estaba sentada en la misma cafetería donde la encontré aquella primera noche.
Esta vez, cuando me vio entrar, sonó de verdad.
Y yo entendí algo simple:
A veces las personas no vuelven para repetir la historia.
Vuelven para terminarla de la manera correcta.