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Esta vez con insistencia.
Me levanté lentamente y abrí la puerta preparada para rechazar a quien fuera.
Pero no era un adulto.
Era una niña.
La niña con la mochila
Tenía el cabello castaño desordenado, las mejillas húmedas y una campera de jean demasiado grande para ella.
Entre sus brazos sostenía la mochila de Mateo.
Sentí que el corazón se detenía.
—¿Usted es la mamá de Mateo? —preguntó con voz temblorosa.
Asentí sin poder hablar.
Ella abrazó la mochila