en realidad un sanador cuyas manos podían calmar la fiebre mejor que cualquier cirujano de renombre en la ciudad. Y se dieron cuenta de que la mujer ciega caminaba con gracia que la hacía parecer que veía lo que otros no veían.
Una tarde de otoño, un carruaje se detuvo frente a la casa de piedra. Malik, viejo y roído por la amargura, descendió. Su suerte se había vuelto; sus otras hijas se habían casado con hombres que lo habían despojado de todo, y su sucesión se estaba resolviendo.