la cámara de vigilancia, Karen —dije, bajando la voz a un susurro bajo, letal y cortante que atravesó sus gritos desesperados como un bisturí—. Les entregué las imágenes en alta definición donde se te ve clavando violentamente tus uñas acrílicas en los hombros de mi hija de siete años, dejándole moretones profundos y oscuros, y desnudándola con fuerza y agresividad.
El rostro de Karen palideció, adquiriendo un tono grisáceo enfermizo, pero su tóxico sentimiento de superioridad luchó por resistir en una última, desesperada y patética batalla.
—¡Maldita perra psicópata e