esperaba escuchar.
Arturo respondió con calma.
Ayer, antes de hablar con David, usted ya me había juzgado. Nadie le ordenó mirar mis zapatos y decidir que mi cuenta no merecía abrirse.
Sara bajó la cabeza.
—Tiene razón.
La respuesta sorprendió incluso a Arturo.
Sara explicó que, desde su ascenso
4 meses antes, David repetía que aquella sucursal debía “parecer cara” y que los empleados tenían que proteger la experiencia de los clientes premium. Había aprendido rápidamente que quienes recibían elogios eran los que