Entré con chaqueta gastada a mi propio banco en Castellana y me dejaron dos horas en un rincón. La asesora servía café a los ricos y se reía con el director mientras yo sujetaba un vaso vacío. Me soltó: ‘Esta zona es para clientes private’. No discutí, dejé mi carpeta y volví al día siguiente sin bastón; entonces su pantalla se puso roja y reveló quién era el dueño.

créditos había colocado David.

 

Preguntó cuántas reclamaciones había recibido.

 

La respuesta fue 0.

 

Al sexto mes, Arturo acudió sin avisar a una pequeña oficina colaboradora en Usera. Volvió a ponerse una chaqueta antigua

y unos zapatos sin brillo. Entró y encontró a David hablando con un repartidor autónomo que necesitaba revisar una cuota.

 

 

David levantó la vista.

 

Reconoció a Arturo de inmediato.

 

Durante 2 segundos ninguno dijo nada.

 

Arturo pensó que David se pondría de pie, que intentaría agradarle o que llamaría