casa pequeña pero limpia, de esas limpias de verdad, vividas.
Brenda recorrió la habitación dos veces: la primera, rápido y de brazos cruzados; la segunda, despacio, abriendo el clóset y mirando el espacio vacío donde podrían ir sus cosas.
—No me importa si cocinas tarde —explicó Mariela—, solo limpia lo tuyo. Entre semana trato de que haya silencio después de las once. Y el papel higiénico lo compartimos.
—Me parece razonable.
—¿Y tú? ¿Hay algo que necesites de quien viva contigo?
Brenda se sorprendió.
—¿Yo? Mmm… que no me agarren