PARTE 2: EL FUNERAL DE LA MUJER QUE NO MURIÓ

Roma, con flores blancas, mariachi y mi suegra, doña Rebeca, llorando frente a todos como si de verdad me quisiera.

 

 

—Ya eres mi hija —me dijo al oído.

 

Qué fácil se le había dado mentir.

 

Me escondí debajo de la cama por una broma inocente. Andrés bajó al lobby diciendo que olvidó su reloj. Yo pensé que, cuando regresara, saldría de golpe, él se reiría y esa sería nuestra primera anécdota como esposos.

 

 

Pero la primera en entrar fue Rebeca.

 

Reconocí sus zapatillas