PARTE 2: EL FUNERAL DE LA MUJER QUE NO MURIÓ

al altar.

 

Me llevé la mano al cuello.

 

El relicario de oro de mi abuela ya no estaba.

 

Recordé que Andrés me abrazó antes del vals y dijo que el broche estaba torcido. Él mismo lo tocó.

 

Buscaron en la suite, en el baño, entre los regalos y en el lobby. Nada.

 

Hasta que una camarista subió con un sobre pequeño.

 

—Lo encontré junto al elevador de servicio.

 

El relicario estaba abierto. Dentro, escondida en una ranura diminuta, había una tarjeta de memoria.