su voz debajo de la cama.
Gerardo llegó sin hacer ruido.
—Puedes venderla —me dijo—. Nadie te va a juzgar.
Miré el patio mojado.
—No. Él quería que esta casa fuera su premio. Va a ser lo contrario.
8 meses después, la casa de San Ángel abrió sus puertas como el primer refugio del Fideicomiso Amalia Montes. Mujeres llegaban con maletas pequeñas, deudas, demandas, miedo y vergüenza. Salían con abogadas, terapia, planes de independencia y una frase escrita en la entrada:
Nadie está loca