que su vida elegante venía del talento de Diego.
En realidad, Mariana llevaba años sosteniendo toda la casa desde abajo, como una raíz invisible.
“Liberen todo”, dijo ella.
“¿Incluyendo las grabaciones?”
“Todo.”
Mariana colgó.
En una habitación contigua había un vestido azul profundo, sencillo pero impecable. Junto a él, un collar de diamantes que había pertenecido a su abuela Elena.
Mientras
se arreglaba, una pantalla se encendió con una transmisión interna desde la gala.
Diego aparecía en la mesa principal, sonriendo junto a Valeria. Doña Leonor hablaba con una periodista.