un lado a otro mientras Rafael permanecía sentado aparentando tranquilidad.
—Si sigues caminando así vas a desgastar el piso —murmuró Rafael.
—Papá, cállate.
Rafael sonrió.
Horas después, mediante cesárea, nacieron dos niños y una niña.
Pequeños.
Santos.
Escandalosamente ruidosos.
Cuando Alejandro vio a la primera bebé levantar sus diminutos dedos, comenzó a llorar antes de poder tocarla.
—Hola —susurró—. Soy tu papá.
Rafael, aquel hombre capaz de intimidar una sala entera con una mirada, permaneció frente a las incubadoras con los ojos húmedos.
Valeria se despertó y encontró a Alejandro