chamarra”.
Él lo sostuvo entre los dedos.
—Los guardé todos.
Valeria lo miró sorprendida.
—¿Por qué?
Alejandro sonrió.
—Porque durante mucho tiempo nadie se preocupaba por si yo tenía frío.
Aquella respuesta terminó de derribar algo dentro de ella.
Se acercó y lo abrazó.
No fue el abrazo de una esposa cumpliendo un contrato.
Fue el de dos personas que
finalmente entendieron que habían dejado de acompañarse por obligación.
A las treinta y cinco semanas, Valeria comenzó con contracciones.
La llevaron de inmediato a una clínica especializada.
Alejandro caminaba de