con los ahorros que una anciana había guardado para otra nieta mientras ella misma vivía con lo indispensable.
No quería hacerles daño.
Pero tampoco iba a permitir que su existencia se usara para borrar lo que mi mamá había hecho.
Ese día organicé todos los comprobantes sobre la mesa de mi cocina.
Uno por uno.
Cada tarjeta tenía un año de mi vida adentro.
Algunas tenían dibujos que mi abuela había hecho para hacerme reír.
Otras tenían frases sencillas.
«Sigue estudiando».
«No te rindas».
«Estoy orgullosa de ti».
Y en