el documento.
—Para ti, por lo visto, significaba otra cosa.
Víctor extendió el anillo.
—Quédate con él.
Ana miró el aro que había llevado durante veintidós años.
No lo tomó.
—No.
—Es tuyo.
—Ya no.
Víctor bajó lentamente la mano.
Aquello pareció afectarlo más que cualquier discusión.
Porque una pelea podía terminar.
Una puerta podía volver a abrirse.
Una mujer enfadada podía ser convencida.
Pero Ana no estaba enfadada de la manera que él esperaba.
Había tomado una decisión.
En las semanas siguientes ambos comenzaron a separar lo que quedaba