quieres, lo terminaré. —Me apretó la mano—. Nunca más tendrás que ducharte a oscuras. Nunca más tendrás que girarte de lado al abrazar a alguien. Nunca más tendrás que decirle a nadie que no te mire.
Apoyé la cabeza sobre la mesa junto al osso buco arruinado
y lloré hasta quedarme dormida.
Me llevó a la cama.
Tres semanas después, llamé a mi médico.
Se acordaba de mí. Había estado esperando esa llamada durante cuatro años, dijo. A veces pensaba en mí.
—¿Qué ha cambiado? —