nunca era un lugar tranquilo, pero aquel llanto tenía algo distinto: no sonaba como un quejido común de dolor físico. Era otra cosa. Algo más profundo, más humano y más aterrador.
Llevaba muchos años en ese trabajo. El sueldo era bajo, las jornadas agotadoras, pero se había acostumbrado a los olores, a los turnos nocturnos y al sufrimiento ajeno. Sin
embargo, la habitación 7 comenzó a inquietarla como nunca antes kara.
Allí descansaba una mujer mayor con la cadera fracturada, obligada a permanecer en reposo absoluto. Era una paciente tranquila,