ordenada, siempre agradecida por cualquier atención. Casi nunca se quejaba. Pero con el paso de los días, su mirada se volvió esquiva: fijaba los ojos en el piso y se sobresaltaba con cualquier ruido fuerte.
El visitante que lo cambió todo kara
Fue entonces cuando apareció aquel hombre. Llegaba siempre al anochecer, solo. Vestía con elegancia, hablaba con seguridad y modales impecables. Se presentó ante el personal como un familiar cercano de la anciana.
Pero después de cada visita, la paciente cambiaba drásticamente. Sus ojos se enrojecían, los labios le