estacionada frente a mi casa.
No una patrulla. No una escena humillante.
Una empresa contratada para que retiraran sus cosas de forma ordenada, con Teresa presente y un notificador legal en la entrada.
Yo estaba sentada en mi propio comedor.
No en la cocina.
No de pie.
En el sitio que había dejado de usar porque Verónica decía que necesitaba “
un espacio profesional”.
Cuando entraron, Sofía corrió hacia mí.
—Abuela, ¿por qué no viniste?
La abracé con cuidado.
—Porque los adultos tomamos decisiones equivocadas, mi amor. Pero me alegra que