convencidos de que yo viajaría con ellos. Pensé en Mauricio dejando la maleta a mis pies, como si yo fuera una carga que podía abandonarse en el recibidor.
—Quiero estar segura —dije—. Y quiero que sepa que no puede volver a hacerlo.
Teresa asintió.
—Eso es suficiente para empezar.
Esa tarde no regresé a casa.
Me quedé en un hotel pequeño cerca de la oficina de Teresa. La casa era mía legalmente, pero todavía no me sentía capaz de cruzar la puerta y enfrentar las habitaciones donde había pasado tres