años pidiendo permiso para usar mi propia vida.
La primera noche dormí casi doce horas.
A la mañana siguiente, mi teléfono volvió a sonar.
Mauricio.
Verónica.
Mauricio.
Respondí la llamada de mi hijo solo cuando Teresa estaba sentada a mi lado.
—Mamá, ¿qué hiciste? —espetó sin saludar—. Las tarjetas dejaron de funcionar.
—Eran mis tarjetas.
—¡Pero estamos de vacaciones!
—Las
cancelé porque tenías acceso a mis cuentas.
—Solo las manejaba por ti.
—No te pedí que manejaras nada.
Escuché a Verónica decir algo al fondo. No entendí las palabras, pero