Parte 2: La casa que ya no podían quitarmekara

años pidiendo permiso para usar mi propia vida.

La primera noche dormí casi doce horas.

A la mañana siguiente, mi teléfono volvió a sonar.

Mauricio.

Verónica.

Mauricio.

Respondí la llamada de mi hijo solo cuando Teresa estaba sentada a mi lado.

—Mamá, ¿qué hiciste? —espetó sin saludar—. Las tarjetas dejaron de funcionar.

—Eran mis tarjetas.

—¡Pero estamos de vacaciones!

—Las

cancelé porque tenías acceso a mis cuentas.

—Solo las manejaba por ti.

—No te pedí que manejaras nada.

Escuché a Verónica decir algo al fondo. No entendí las palabras, pero