entendido que una tarta no necesita tres capas de chocolate.”
—¡Tu padre no sabía nada de tartas! —protesté.
Nora se echó a reír.
Aquellas cartas se convirtieron en algo especial.
Pero establecimos una regla.
Nunca abriríamos una antes de tiempo.
No queríamos que Nora viviera esperando mensajes de alguien que ya no estaba.
Las cartas debían acompañar su vida.
No
dirigirla.
Cuando Nora cumplió ocho años, ocurrió algo que ninguno de nosotros esperaba.
Su profesora pidió a los alumnos que llevaran al colegio una fotografía de alguien a quien admiraban.