nació una niña sana.
Nora la llamó Julia.
Cuando me la pusieron por primera vez en los brazos, pensé que lloraría.
Pero no lo hice.
Me limité a contemplarla.
Tenía unas manos diminutas y una expresión seria que hizo reír a todos.
—Hola, Julia —susurré.
Nora estaba agotada pero sonreía desde la cama.
—Abuela.
—¿Sí?
—Quiero enseñarle algún día las cartas de papá.
—Cuando tenga edad suficiente.
—Sí.
Después añadió:
—Pero primero quiero que conozca las historias divertidas.
Sonreí.
—Tengo muchas.
—Lo sé. Demasiadas.
Años después, cuando Julia tuvo edad