una pulsera de plata muy sencilla.
Tenía tres pequeños colgantes.
El primero era una letra J.
El segundo, una N.
Y el tercero decía:
ABUELA.
Me quedé mirándola durante varios
segundos.
Después encontré una tarjeta.
“Para que puedas llevarnos a los dos contigo.”
No pude contenerme.
Lloré como no había llorado ni siquiera durante el funeral.
Porque aquella pulsera demostraba algo que necesitaba desesperadamente saber.
Julian no había querido excluirme para siempre.
Había estado preparando el momento de incluirme.
Nora se acercó.
—¿No te gusta?
Me agaché frente a ella.