En los muros de Lunara, el pánico amenazaba con romper la moral. Éramos apenas seiscientas guerreras frente a una maquinaria de conquista profesional.—Nos superan cinco a uno, mi señor —advirtió Kaelen, ajustándose la armadura de bronce con las manos crispadas sobre su lanza—. Si caemos, seremos cadenas y cenizas.Me paré sobre la almena principal y activé la capacidad analítica máxima de mi sistema:«Cálculo táctico completado: Terreno pantanoso a barlovento. Vientos cruzados del este. Yacimiento superficial de salitre y azufre en el cañón frontal».Sonreí en medio de
Desperté en un mundo salvaje: de programador a líder de la tribu Lunara