se movían captando cada vibración del viento. Eran las doncellas de la tribu felina, criaturas salvajes de una belleza letal y miradas cargadas de desconfianza.
La más imponente de ellas, de cabello negro azabache y ojos dorados como el ámbar, desenvainó un cuchillo de piedra y apoyó el filo helado contra mi garganta:—Huele a debilidad —siseó, mostrándome sus colmillos—. Los machos humanos solo traen ruina y saqueo a nuestro territorio. Su sangre servirá para aplacar a los espíritus del bosque.En ese instante de terror absoluto, un destello dorado