Pero había algo que tenía claro.
Quería saber la verdad.
Después de cinco meses de vivir creyendo que mi esposo estaba muerto, ya no podía soportar otra mentira.
Llegamos a una pequeña escalera.
Andrés abrió una trampilla y salimos a un patio abandonado.
La noche había caído sobre la ciudad.
Las luces de los edificios brillaban a lo lejos, indiferentes a todo lo que estaba ocurriendo.
—¿Dónde estamos?
—A unas calles de la casa.
—¿Mi casa?
Asintió.
—Tenemos que llegar antes que ellos.
—¿Quiénes son?
Andrés se quedó mirándome.
—Personas