aquí? —preguntó finalmente.
Su voz.
Dios mío.
Su voz era exactamente la misma.
Sentí que algo dentro de mí se rompía.
Durante cinco meses había intentado recordar cada detalle de mi marido para no dejar que el tiempo se lo llevara. Había escuchado sus antiguos mensajes de voz hasta aprenderme cada pausa, cada respiración.
Y ahora estaba allí.
Delante de mí.
Vivo.
—Tú… —conseguí decir.
Él bajó la mirada.
—No deberías haberme seguido.
Aquellas palabras me dejaron helada.
No preguntó quién era.
No preguntó por qué lo estaba siguiendo.
Simplemente