dijo que no debería haberlo hecho.
—¿Quién eres?
Silencio.
—¿Quién eres? —repetí, esta vez con más fuerza.
El hombre miró hacia ambos extremos de la calle.
Después abrió la puerta.
—Entra.
Retrocedí un paso.
—No.
—Si quieres respuestas, entra.
—¿Por qué debería confiar en ti?
Una sonrisa triste apareció en su rostro.
—Porque si realmente fuera quien crees que soy… ya sabrías la respuesta.
Sentí un escalofrío.
Era una frase que mi marido solía decir.
Una frase absurda que utilizaba cada vez que yo dudaba de alguna decisión.
Pero había