mi pequeña
Ni siquiera los invitados que disfrutaban el espectáculo se atrevieron a murmurar demasiado alto. En las subastas de lujo, la gente estaba acostumbrada a ver caprichos caros: multimillonarios compitiendo por relojes, herederas pagando fortunas por brazaletes, coleccionistas subiendo el precio de un cuadro solo para demostrar que podían.
Pero aquello ya no parecía una subasta.
Parecía una ejecución pública.
El collar de diamante azul seguía brillando bajo las luces del escenario, frío, perfecto, indiferente al desastre humano que había provocado. El subastador, un hombre de voz entrenada para