algunas semanas me sobresaltaba cada vez que veía un coche detenido demasiado tiempo frente a la casa. Don Julián nunca se burló. Tampoco comenzó a vigilarme permanentemente. Volvió a su rutina.
Una noche regresé tarde y lo encontré cerrando el portón de su casa. Miró mi puerta, luego me miró a mí. —¿Ya aprendiste a revisar la chapa? —Dos veces. —Con una basta. Nos reímos.
Fue entonces cuando comprendí qué había sido realmente importante de aquella silla en
vio casualmente en la fiesta, recordó el anuncio. Después apareció mi dirección