vena.
Lucía apretó la taza de café. Estaba grabando todo con su celular en el bolsillo, pero sabía que eso no era suficiente para meterlos a la cárcel. Necesitaba pruebas físicas del fraude y del veneno.
Esa misma noche, a las tres de la madrugada, el teléfono de Lucía sonó. Era un número desconocido. Al contestar, escuchó la voz temblorosa y ahogada en alcohol de Beto, el esposo de Silvia.
—Lucía… ven al taller mecánico de las afueras. Estoy solo. Tienes que venir ahorita. Silvia y Víctor no solo envenenaron