Desperté intubado y escuché a mi propio socio decir: “Le dimos la misma dosis que a su primera mujer hace 6 años, pronto cederá su patrimonio”.

vena.

Lucía apretó la taza de café. Estaba grabando todo con su celular en el bolsillo, pero sabía que eso no era suficiente para meterlos a la cárcel. Necesitaba pruebas físicas del fraude y del veneno.

Esa misma noche, a las tres de la madrugada, el teléfono de Lucía sonó. Era un número desconocido. Al contestar, escuchó la voz temblorosa y ahogada en alcohol de Beto, el esposo de Silvia.

—Lucía… ven al taller mecánico de las afueras. Estoy solo. Tienes que venir ahorita. Silvia y Víctor no solo envenenaron