olía a aceite quemado, polvo y desesperación. Al fondo, iluminado por un solo foco amarillento, estaba Beto. Se veía demacrado, con una botella de tequila a la mitad sobre el cofre de un coche oxidado. Sus ojos, enrojecidos y hundidos, mostraban a un hombre que llevaba seis años cargando a un muerto en la espalda.
—Qué bueno que viniste —dijo Beto, arrastrando las palabras, pero con una lucidez escalofriante—. Sabía que alguien como tú terminaría escarbando donde no debía. O donde todos debimos escarbar hace mucho.
Beto caminó tambaleándose hacia