Desperté intubado y escuché a mi propio socio decir: “Le dimos la misma dosis que a su primera mujer hace 6 años, pronto cederá su patrimonio”.

blanca de ayer, desabotonada, con los cables del monitor cardíaco pegados al pecho. Y la tercera: al otro lado de la cortina blanca que rodeaba su cama, alguien estaba decidiendo su muerte.

—¡Habla más bajo! —siseó una mujer. Alejandro sintió un escalofrío. Era la voz de Silvia, su cuñada. La había escuchado por casi treinta años en cada carne asada, Navidad y velorio familiar—. Todavía no despierta.

—¿Y qué quieres, que ande de puntitas? —le respondió un hombre con voz ahogada, como si hablara tapándose la boca con la mano