que nunca.
—Hola, Víctor —dijo Alejandro, con una voz que, aunque ronca, retumbó en las paredes de la habitación—. Me preguntaba cuánto tiempo tardarías en vender a Silvia para salvarte el pellejo.
Víctor se quedó petrificado, blanco como una hoja de papel. Abrió la boca pero no le salió la voz.
La puerta del baño de la habitación se abrió de golpe. De ahí salió el comandante Garza, seguido por un agente que llevaba una cámara grabando cada segundo, y en el pasillo, un par de oficiales uniformados bloquearon la