su vida con su sonrisa encantadora de agente de seguros, sus trajes impecables y una habilidad casi sobrenatural para caerle bien a todo el mundo.
Para los vecinos era un hombre atento.
Para su madre era el hijo perfecto.
Y para su hermana, Rebeca Salazar, era una fuente de dinero… aunque casi nunca fuera suyo, sino de la esposa a la que siempre podían exprimir.
Rebeca jamás pedía algo pequeño.
Primero fue un perfume importado.
Luego una chamarra de diseñador.
Después pidió prestados doscientos cincuenta mil pesos “solo por una