ojos.
No por el dolor.
Sino porque, por primera vez en años, aceptó una verdad que llevaba demasiado tiempo negándose a reconocer.
Aquel hombre no había perdido el control.
Creía
que ella le pertenecía.
Vivían en un departamento de Polanco, Ciudad de México. No era una propiedad de lujo, pero sí era de Valeria. Lo había comprado antes de casarse, después de trabajar durante ocho años como administradora en una empresa de logística, ahorrando cada bono, cada aguinaldo y cada peso que otros gastaban en vacaciones.
Alejandro apareció después en