no. Quizá le quede un año. Quizá dos.
Me apretó la mano con delicadeza.—Antes de conocer a Mateo, yo le tenía un miedo terrorífico a perder a lo que amaba. Por eso me aislé. Pero tú y tu hijo me enseñaste algo.
—¿El qué? —susurré.
—Que el dolor de perder a alguien es el precio exacto que pagamos por haber tenido el privilegio de amarlos. Y yo pagaría ese dolor mil veces más, solo por haber conocido a tu hijo.
Hoy, cuando entro en el hospital, ya no llevo
El perro que me devolvió a mi hijo (aunque ya no estuviera)