El perro que me devolvió a mi hijo (aunque ya no estuviera)

miró fijamente, y sus ojos, esos que antes estaban llenos de oscuridad, ahora tenían luz.
—Los niños de esta planta saben quién es Mateo. Para ellos, Mateo no es el niño que se fue. Es el niño que nos regaló a Bruno.
Me tapé la cara con las manos y lloré.
Pero esta vez, no eran lágrimas de desesperación. Eran lágrimas de alivio.
—Oye —dijo Javier, acercando su mano enorme y áspera sobre la mía—. Bruno está cansado. El veterinario dice que su corazón es fuerte, pero sus patas ya