El perro que me devolvió a mi hijo (aunque ya no estuviera)

tres días sin hablar, sin comer, y se pasaba las horas mirando a la pared, encogida en un rincón de la cama. Sus padres estaban destrozados, agotados de intentar animarla.
Javier entró con Bruno.
El perro, que ya tenía las caderas un poco rígidas, se acercó a la cama.
Lucía no lo miró. Se hizo un ovillo más pequeño.
Javier, con su voz ronca y suave, intentó presentarle a Bruno. Nada.
El personal de enfermería me miró con tristeza. Sabían que a veces, el dolor de los niños es tan