grande que ni siquiera la magia de un perro puede entrar.
Pero Bruno no se rindió.El perro subió las patas delanteras al colchón. No apoyó la cabeza. Hizo algo que solo los perros que han conocido el abismo saben hacer.
Bruno apoyó su pesada cabeza directamente sobre el pecho de Lucía, justo donde estaba su corazón.
Y empezó a respirar.
Lento.
Profundo.
Rítmico.
Es una técnica de regulación emocional. Los animales sincronizan su respiración con la de los humanos para calmarlos.
Lucía, obligada por el peso y el calor
El perro que me devolvió a mi hijo (aunque ya no estuviera)