de aquel gigante bueno, tuvo que levantar la cabeza.
Miró los ojos de Bruno.
Escuchó su respiración.
Y, casi sin darse cuenta, su propio pecho empezó a subir y bajar al mismo ritmo que el del perro.
Pasaron diez minutos.Veinte.
De repente, la mano pequeña y frágil de Lucía salió de bajo la manta.
Se hundió en el pelaje negro de Bruno.
Y entonces, la niña apoyó su frente contra la nariz húmeda del perro y, por primera vez en días, rompió a llorar.
No fue un llanto de
El perro que me devolvió a mi hijo (aunque ya no estuviera)