dolor. Fue el llanto de quien por fin se deja caer, porque sabe que hay alguien lo suficientemente fuerte para sostenerla.
Los padres de Lucía se taparon la boca, llorando en silencio.
Javier me miró desde el otro lado de la habitación. Tenía los ojos brillantes.
Cuando terminaron las visitas, Javier y yo nos sentamos en la cafetería del hospital.
Él pidió un café negro; yo, una manzanilla.
Javier sacó de su chaqueta un pequeño sobre arrugado. Me lo deslizó por la mesa.
—Ábrelo —me dijo.
Dentro había un dibujo.
El perro que me devolvió a mi hijo (aunque ya no estuviera)