cruzarse
de banqueta.
Marisol siguió vendiendo comida.
Chilaquiles, flautas, arroz rojo, gelatinas.
No se volvió rica.
Pero cada peso venía limpio.
Y cada noche sus hijos dormían sin revisar si alguien venía por el pasillo.
En el cumpleaños 10 de Mateo, no hubo salón elegante.
Hubo pastel de tres leches, globos del mercado y una piñata amarrada en el patio.
Sofía, con la boca manchada de chocolate, le preguntó:
—¿Entonces ya no somos pobres?
Marisol miró a Mateo.
Lo vio reír por primera vez sin miedo.
Luego abrazó a sus